Pablo Larios, el arquero que todos querían en su equipo

Por Alejandro Martínez Olvera

Revolucionario de la posición más complicada y solitaria del fútbol, dónde en un instante puedes pasar de héroe a villano y dónde un error puede marcarte para siempre y un acierto consagrarte para la eternidad. Pablo Larios Iwasaki, falleció a la edad de 58 años alejado de los reflectores que hoy en día brinda el futbol.

El nombre de Pablo Larios, empezó a surgir de nuevo al momento de saberse su estado crítico de salud, y solo así fue como de nuevo fueron recordadas sus hazañas dentro de la cancha. Quienes lo entrenaron han dicho que era un tipo valiente dentro del campo y un compañero que se la rifaba por la camiseta.

En su trayectoria deportiva vistió la camiseta de varios equipos de primera división como Cruz Azul y Puebla, siendo este último donde logro coronarse campeón de Liga y de Copa. Con la selección mexicana participo en el mundial de México 1986,  y él sí pudo disputar el quinto partido, durante esa justa Pablo solo acepto dos anotaciones  en su meta, siendo el arquero de la selección con menos goles recibidos en una justa mundialista.

Los archivos periodísticos y audiovisuales destacan la gran técnica de Pablo para cortar los centros por arriba, además de sus lances felinos en la línea de la portería. En los años que el oriundo de Zacatepec estuvo activo, no era nada común ver que los porteros jugarán adelantados de su línea, Pablo Larios Iwasaki llego para mostrarle al mundo que el arquero estaba para ayudar al equipo a construir jugadas desde la salida y para anticipar el ataque del rival siempre que su equipo se encontrara en desventaja. Le mostro al futbol que el portero también estaba para brindar espectáculo en cada intervención que tuviera dentro del campo de juego. Pablo Larios, salía a la cancha para divertir y apasionar a los aficionados, para brindarle seguridad a sus compañeros y para salvarle la chamba a sus entrenadores.

Se va lejos de los reflectores y tal vez sin el reconocimiento que merecía. La valentía para revolucionar una posición tan fría y solitaria es un crédito que él se ganó a pulso. Pablo Larios pertenece a ese selecto grupo de valientes que se atreve a sostener a un equipo y que se convierte por decisión propia en el último hombre encargado de cerrar la puerta.

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